Presentación
En 1985, yo era director de la sección cultural diaria de Excélsior, entonces un medio de enorme repercusión informativa. El periódico carecía de suplemento cultural y yo recordaba que me había formado en dos de ellos: Revista Mexicana de Cultura, dirigido por el notable poeta comunista Juan Rejano en El Nacional y México en la cultura, cuando ya estaba en las páginas entrañables de Siempre!, bajo la dirección de Fernando Benítez. De tal suerte que propuse a las autoridades de Excélsior uno nuevo. El proyecto fue de inmediato admitido. Pero ¿cómo se llamaría la nueva publicación? Un grupo de amigos nos quebramos la cabeza pensando en el nombre. No lográbamos ponernos de acuerdo. En ese momento Rosario señaló una figura que estaba en la primera plana del diario, el logotipo, y dijo: Aquí está, se llamará El Búho.
Fue una publicación afortunada que obtuvo varios premios nacionales, entre ellos el Nacional de Periodismo que concedía el gobierno de la República y en cuyo jurado estaban los escritores Edmundo Valadés y Rafael Solana. Su final llegó antes de que el diario entrara en total decadencia. Uno de mis artículos políticos que solía publicar en la página editorial fue objeto de censura por el cubano tránsfuga que estaba encargado de dicha sección.
Desde luego, al día siguiente renuncié y prácticamente todos los colaboradores, pintores, escritores, académicos y periodistas salieron conmigo en un raro y valiente acto de solidaridad.
A partir de la fundación del suplemento, los búhos comenzaron a poblar mi vida. No recuerdo quién me regaló el primero pero han llegado uno tras otro y en cada viaje por el interior del país y en distintos continentes, Rosario y yo los hemos adquirido, lo mismo en barro que en marfil, concha o fino cristal cortado, en oro o plata, en alguna piedra preciosa, bajo un diseño que amerita firma o surgidos de manos modestas, de campesinos o artesanos, de madera o de paja, chinos, argentinos o tallados en cuerno de búfalo Birmano.
En algún momento, me parece que para el segundo aniversario, el artista plástico Alfredo Cardona Chacón tuvo la afortunada idea de solicitar búhos para ilustrar sus páginas y me dio uno de los primeros. Más adelante se hizo costumbre y muchos pintores y grabadores, dibujantes y escultores comenzaron a regalarme esas gratas aves nocturnas que aparecen en todas las civilizaciones y culturas y que inalterablemente representan la ciencia y la sabiduría. Desde el cuarto o quinto aniversario, comenzamos a organizar una exposición que titulamos Los búhos de El Búho. Se hizo una costumbre que hemos continuado hasta el día de hoy. Las exposiciones no eran obligatoriamente de búhos, sino de trabajos plásticos de nuestros amigos y colaboradores y siempre fueron exitosas.
Al dejar la casa Excélsior, decidimos mantener el grupo y pasamos a formar una revista y la bautizamos como Universo de El Búho en vista de que era imposible legalmente conservar el título (cometí el error de registrarlo a nombre del diario). Las dificultades transcurridas desde su creación hasta hoy para mantenerla son francamente grotescas. Sin embargo, hemos podido resistir y ahora regalamos los cinco mil ejemplares de tiraje a través de librerías, amigos escritores y pintores y académicos de diversas instituciones de estudios superiores.
Los búhos, decía, comenzaron a llegar. Sus autores no solamente los entregaban para su publicación sino que me los regalaban. Por ello ahora son patrimonio de la Fundación René Avilés Fabila (otro proyecto de amistad y afecto por la cultura) y fueron expuestos por vez primera en el Museo de la Estampa de Toluca. Actualmente son cerca de 200. Predominan los de Sebastián, Martha Chapa, Leticia Tarragó, Bragar, Mel, Urbieta y José Luis Cuevas, pero también los hay de Héctor Xavier, Raúl Anguiano, María Emilia Benavides, Jazzamoart, Alfredo Cardona Chacón y Felipe Posadas, entre otros. Uno de Sebastián, seleccionado de entre unas cincuenta obras suyas, sirve como logotipo para la revista y la Fundación. Esta serie sorprende: el escultor los diseñó con pluma, con pinceles y con sus propias manos como herramientas.
Hay dos de Cuevas que no son usuales en su trabajo: uno es “La mujer búho”, el otro es contrastante, un búho macho. Uno más, de Bragar, es un búho con las alas en alto, reflejando el asalto policiaco del que fui objeto en 1991. La obra de Raúl Anguiano son tres graciosas y hermosas cabezas de búhos. Martha Chapa, usando lapiz, se apoyó en sus habituales manzanas. Y Leticia Tarragó demostró su pasmosa imaginación y su singular talento al escribir alrededor de un búho un mensaje invertido. Finalmente, dos búhos de María Emilia Benavides son óleos donados a la propia Fundación y hechos con sus trazos y colores violentos. La mayoría son de pequeño formato y desde luego, como fueron publicados en páginas en blanco y negro, carecen de color. Son como los han presentado por todo el mundo, un ave desconcertante y llena de posibilidades, que nos observa desde sus inmensos ojos inquisitivos y al mismo tiempo inquietantes.
Ahora ponemos todos esos búhos frente al público como prueba de la solidaridad y el cariño de muchos artistas plásticos. Por años permanecieron en mi casa y otros fueron a parar a la Fundación René Avilés Fabila. La idea es mostrarlos al público porque no fueron pensados para permanecer sólo en las publicaciones, también para estar expuestos y contar la historia de un grupo de periodistas y pintores que emprendieron juntos un venturoso vuelo cultural.
R e n é A v i l é s F a b i l a

